Perfiles de víctimas

Las reseñas a continuación son una escasa selección de los miles de casos de muerte y desaparición documentados en la base de datos. Denotan patrones de violación sistemática al derecho de la vida por parte el régimen castro-comunista cubano. En Facebook puede también ver perfiles de víctimas en el aniversario de su muerte o desaparición.

Si tiene información sobre alguna víctima directa de muerte o desaparición resultado de violencia política causada por la revolución cubana, se agradece llenar una planilla o enviarnos un mensaje. No importa si el caso ya aparece en la base de datos, su testimonio es importante.

Planilla de datos (es)
Case intake form (en)
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Jaime Parera Perán, 27 años, asesinado el 12 de mayo 1965. Vea la reseña abajo.
Iskander Maleras, 26 años, asesinado el 19 de enero de 1994. Vea la reseña abajo.
Juan Pérez Cabrera, 36 años, asesinado el 15 de abril de 1963. Vea la reseña abajo.
Cuñados fusilados el 1ro de octubre del 1982 en la prisión Fortaleza de La Cabaña Fortress Prison en La Habana. Se presume que los dos primos, que murieron de supuestos suicidios en hechos separados y en distintas prisiones, fueron asesinados.

Roberto Pereda López, 38 años.

Desapareció el 26 de septiembre de 1973, se presume que forzosamente.

Era investigador científico en la Habana. Dejó una esposa y dos hijos de 12 y 13 años. Según su hijo, “tenía conocimientos científicos y biológicos de cosas que se hacían en Cuba con los que no simpatizaba.” Su amistad con el científico Yasmil Kurí, que estaba preso por haber solicitado asilo en la embajada de México, ya lo había señalado con el régimen. También había hecho manifiesto su desacuerdo con el trabajo que debía hacer.

Su hijo, Alex Pereda, nos escribe: “Cuando mi padre desaparece, yo tenía 12 años y era muy apegado a él. Estaba becado en una escuela militar, la “Camilo Cienfuegos.” Después que su padre desapareció, dice: “Yo salía todos los fines de semana con la ilusión de encontrármelo en casa y nunca sucedía. Me enfermé de los nervios y tuve tratamiento por esto.”

Alex comenzó a protestar abiertamente contra el régimen. Cuando tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio, se negó a participar en misiones internacionalistas. Esto le costó prisión a los 18 años en 1979 hasta el 1984. “Cumplí seis años y seis meses de prisión por no simpatizar con el régimen que asesinó a mi padre.”(1979-1984.) En la prisión Nieves Morejón de las Villas, que ya no existe, fue testigo de la muerte de dos reclusos cuyos nombres completos desconoce. Estaban sirviendo condenas no políticas, pero comenzaron a hablar abiertamente de organizarse en oposición al gobierno. Samurai desapareció, Peñate apareció colgado en su celda, supuestamente por suicidio.

Alex asistía con su esposa e hijos al Memorial Cubano que se celebraba un fin de semana del mes de febrero todos los años en Miami desde el 2003. Nos explica que es la única oportunidad que tiene de rendir homenaje a su padre, ante una cruz de plástico con una etiqueta con su nombre. Pero es un pequeño consuelo para el dolor que lleva adentro.

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Rosario López Gómez (de Marquez), Age 56

Died September 29, 1964, of medical negligence while imprisoned for a political cause

Rosario’s family was from the north of Camaguey province. The whole family was accused and tried for helping the rebels in the mountains tried (Docket No. 533 of 1964). The husband and one son served 12 years in prison, another son served 18 years. Rosario was sent with other women in similar circumstances to a mansion in Miramar, Havana, left by a family that had fled the island, that had been turned into a detention center. She was denied medical treatment for her high blood pressure and died of a heart attack.

Sources: Interviews, in person and by telephone with Amado Marquez, son, 2005- 2007. Cuban American National Foundation, Quilt of Fidel Castro’s Genocide, 1994. WAQI-Radio Mambí, List of victims, p. 41.

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* Disponible solo en Inglés

Jaime Parera Perán, Age 27.

Assassinated May 12, 1965 at «El Castillito,» State Security headquarters in Santiago de Cuba. Resident of Holguin, Oriente Province, Cuba. Radio-TV operations’ specialist.

The year before his arrest, Parera had resigned from his post as head of the Radio and TV station for State Security in Holguín, refusing to collaborate any longer with the government. Although he and his family had been staunch revolutionaries in the struggle against the Batista regime, they had become disaffected with the Castro regime. Parera had been arrested and held incommunicado at State Security headquarters, accused of being a “counter-revolutionary.” Approximately three months later, a police car came to his family’s home to inform them he had died. That same night, an ambulance delivered the body. No explanation was given and a death certificate was not provided. The authorities said they would return with documents, but never did. A forensic specialist who was a family friend examined the body. Parera’s hands were burned and he had swallowed his tongue. His conclusion was that he had died of asphyxia after receiving electric shocks (torture).   He left a wife, a six-month old son, and a four-year old daughter.

Source: Written and telephone testimony (April 2006) of brother, resident of Miami, Florida, who left Cuba in 1994.

*Disponible solo en Inglés

EXECUTED ONE INFAMOUS NIGHT WITH DOZENS MORE

Benito Cortés Maldonado, Age 41

Executed by Firing Squad on January 13, 1959 in Santiago de Cuba. U.S. citizen by birth born In Ponce, Puerto Rico.
Policeman and pilot. Resident of Reparto Aguero, Santiago de Cuba.

Both Benito’s mother and father were from Puerto Rico. The family was well off and his father wanted to extend his enterprises to Cuba. Benito left with his father for Cuba to establish businesses there. They did very well, owned three coffee plantations and even their own private plane. Benito loved the police force and when he came of age, decided to join. He married a Cuban woman and had five children. The family lived in Palma Soriano, Oriente province.

Benito was a pilot. Guillermo, his oldest child, remembered how hearing him circling the family home from above. He would get so excited knowing his father was coming to get him. Benito was very dashing and loved the life of uniform. He joined the police force and served under Batista, the man who happened to be in power, but his family says he was a good and respected man who did harm to no one.

When Batista fled and the revolutionaries came to power, on January 1, 1959, a fellow policeman had gone into hiding and asked him to join in. He had declined, saying he was well known and regarded, has always done his duty, never committed any crimes, and had nothing to fear. But, he was detained and on January 11 or 12 and taken to Santiago, falsely accused of raping a woman. Raúl Castro decided to have scores of «Batistianos» killed. They fabricated charges and on the night of January 12th and until the next morning, executed dozens –some say up to 164 men.

They took them to an old airfield, dug trenches, stood them in front, and shot them. A witness , someone who participated but later turned against the government, told the family he had fallen down, shot in the leg. A lieutenant walked over and shot him on the head.

Guillermo was 14, an intern at the Escolapios de Guanabacoa school, when they notified of his father’s death. The family left Cuba in 1960 for New York. Guillermo enlisted in the Army, served during the Cuban Missile Crisis, married, had children, and is a Protestant Chaplain. He adored his father and all his life he wanted to be like his father, becoming for example a pilot, like him and living Puerto Rico for ten years. He often serves a Chaplain on cruise ships that circle Cuba. He stares at the island, with grief in his heart. He cannot go to Cuba, is on a government black list.

When he attended the Memorial Cubano 2004 in Miami and saw the cross with his father’s name, he broke down, sobbing. He had never had a chance to mourn his father at his tomb.

Source: Personal and telephone interviews with Reverend Guillermo Cortes, son, living in Miami, 2006 and 2007. Copies of birth and death certificates.

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La familia Martin

Armando Martín Vázquez, 34 años, Mercedes Romero Vargas, 32 años, y el hijo del matrimonio, Yuriel Martín Romero, 11 años.

Residentes de Mariel, Pinar del Rio, Cuba. Se ahogaron el 7 de agosto del 1994 en el Estrecho de la Florida intentando huir de Cuba.

La familia salió en un pequeño bote de Mariel, provincia de Pinar del Rio Province, junto a otra familia de apellido Busot. En otro bote iba otor grupo de cinco o seis familiares, también de Mariel.

El 7 de agosto les sorprendió una tormenta y se ahogaron junto al matrimonio Busot. De otro de los botes pudieron rescatar al hijo.

Fuentes: Testimonio del tío de Amando Martín, marzo del 2006. Los sobrevivientes llegaron a la Florida, donde dieron testimonio de lo acontecido en la prensa local, incluyendo al Canal 23 de Miami.

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Juan Owen Delgado Temprana. Asesinado el 3 de marzo del 1981.En Villa Marista, Seguridad de Estado, La Habana.

Juan Owen, de 15 años, era estudiante de secundaria. Su padre, Rómulo, había sido jefe de seguridad marítima en Pinar del Río y era capitán del Ministerio del Interior (MININT). Se dio cuenta de que no estaba de acuerdo con el gobierno y que se sentía traicionado. Pero él y sus cuatro hermanos tenían una larga historia de servicio a la revolución. Habían sido miembros del movimiento 26 de julio, que dirigía Fidel Castro en oposición a Batista y, al triunfo de la revolución, cuatro fueron a trabajar a Seguridad de Estado, para el Ministerio del Interior. El quinto se unió a las Fuerzas Armadas, peleó en Argelia y tenía el grado de teniente. Pascual Ovidio peleó en Argelia en los años sesenta y obtuvo el grado de teniente. Domingo Jorge y Rafael pelearon en Angola. Rafael, con grado de capitán, fue a Portugal a desempeñarse como oficial de inteligencia. Domingo, con grado de teniente, pasó a ser juez. Jesús peleó en Yemen en los años sesenta y estaba a cargo de ideología para las Fuerzas Armadas. Rómulo y Pascual Ovidio fueron los primeros en desencantarse y se integraron a la oposición.

Fueron traicionados por un allegado, el Dr. Otto Hernández Cosío y les avisaron que los iban a detener. Decidieron que la única opción que tenían era la de pedir asilo político y lo hicieron en la embajada de Ecuador con sus familias. Rómulo, su esposa y tres hijos, Juan Owen, de 15, Germán de 12 y Reylán, de 11, junto con nueve otros familiares (catorce personas en total -tres mujeres y cuatro menores de edad) penetraron la embajada de Ecuador con un revolver viejo y una pistola. Tan pronto entraron a la embajada, entregaron las armas. El embajador, Jorge Pérez Concha, les dio asilo enseguida y empezaron las negociaciones para sacarlos del país.

Una semana más tarde, salió a buscarles comida. Casi de inmediato, tropas cubanas tomaron la embajada, sin autorización del gobierno de Ecuador. Todos fueron detenidos, los menores separados de los padres. Nueve días más tarde los padres fueron informados que su hijo Juan Owen había muerto. Los llevaron al cementerio sólo unos minutos para enterrarlo. Luego supieron que el cadáver había sido desenterrado y llevado a otro lugar. Como el caso estaba recibiendo atención internacional, el gobierno cubano dio dos versiones de muertes accidentales. Según testigos de la familia, Juan Owen había sido devuelto a casa luego de sufrir una salvaje golpiza a mano de sus captores en la sede de Seguridad de Estado de la Habana, en el antiguo colegio de Villa Marista. Una de las orejas le colgaba de la cabeza. Su rostro estaba lleno de moretones y los ojos hinchados. A los pocos días entró en coma y murió.

A pesar de las protestas de Ecuador, los padres y tíos de Owen fueron sentenciados a prisión, la madre por quince años, el padre por 42 años y medio. Los demás, salvo los menores, también. Domingo, el hermano juez que no había participado del intento de asilo, abandonó su cargo y los representó en el juicio. Por esto, fue puesto en prisión por ocho años. Gracias a las gestiones del gobierno ecuatoriano y cierto apoyo internacional, se acortaron algunas sentencias. Rómulo salió de prisión a los quince años.

Fuentes: Testimonio del tío, Pascual Delgado, al Archivo Cuba, 18/2/2007 y 1/3/2007. La familia conserva amplia documentación de las gestiones del gobierno de Ecuador a partir del pedido de asilo. Mirta Ojito, “A Heartfelt Campaign for Cuban Hostages,” The Miami Herald, Sunday, October 25, 1992, p. 1J.

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Miguel Mariano Guerra Mora, 36 años.
Técnico de topografía, asesor en dragado, desaparecido, presuntamente asesinado, el 19 de mayo del 1991.

Dejó una esposa, un niño de doce años (con quien sale en la foto) y una niña de un año.

Escribe su madre, María Teresa: “Era un joven estudioso y alegre. En su vida privada fue muy cariñoso y responsable de sus deberes con su familia. ¿Cuál era su mayor defecto según la ética del castrismo? A pesar de ser un buen trabajador y eficiente técnico, no le perdonaron sus ideas progresistas y secretamente lo espiaban y acosaban.” Así, Miguel y dos compañeros, Daniel Cosme Ramos y Federico Martí Jiménez, desaparecieron luego de intentar salir del país en una lancha plástica que estaba al servicio de la draga donde trabajaban en el puerto de Palo Alto, provincia de Ciego de Ávila.

Inicialmente las autoridades le dijeron a la familia que habían sido sorprendidos por una tormenta y los habían buscado sin éxito. A la semana siguiente el jefe de Miguel viajó a ver a la familia en Camagüey y les informó que había pruebas de que habían huido del país, traicionando a la revolución. Pero insistió que se habían escapado a otro país. Oficialmente los declararon desaparecidos.

La madre cuenta: “Sufrimos años de angustia buscando cualquier pista. Hicimos gestiones hasta con INTERPOL sin resultado y cuando queríamos investigar con las autoridades cubanas nos decían que nos conformáramos con que estaban en otro país o habían zozobrado en el mar. Cinco años después de buscarlos desesperadamente, un guardafronteras pariente lejano se compadeció y nos hizo saber muy confidencialmente lo que había sucedido. Habían estado vigilados y que el día del intento de fuga habían sigo perseguidos. Al no entregarse, habían sido ametrallados y hundidos, sin dejar vestigio de ellos o la lancha. ¿Qué hacer ante tanta canallada y mentiras? Aún no sabemos si esa sea toda la verdad o si mi hijo fue capturado, torturado y sepultado en uno de esos cementerios donde sepultan en Cuba en secreto a los que atrapan intentando abandonar el país. Algún día nosotros o sus descendientes descifraremos la verdad en una Cuba libre. Mientras tanto, cada 19 de mayo depositaremos la flores del recuerdo en las aguas del mar, mezcladas con su sangre bravía.”

Fuentes: Testimonios de la madre, María Teresa, al Archivo Cuba, copias del carné de identidad, copia de documento declarando a Miguel Guerra Mora desaparecido por el gobierno cubano (17 de septiembre 1993) y copia de respuesta a pesquisa a INTERPOL, Stockholm 930422.

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Juan Pérez Cabrera, 36 años.
Asesinado antes de su fusilamiento programado para el 15 de abril del 1963.
En la prisión de Boniato, Santiago.

Era opositor del gobierno procedente de Camagüey. Se había escondido en casa del hermano con un compañero activista y estuvo allí oculto durante ocho meses, pues temía por su vida. Cuando supieron que una vecina los iba a delatar, el hermano los llevó para Guantánamo, a intentar entrar en la base naval de Estados Unidos. Allí lo capturaron y el amigo murió baleado. Le restregaron la cara en la sangre del amigo, cuyo caso no está documentado aún por falta de información. Su nombre de guerra era Andrés y su apellido Rodríguez. Era de Bayamo y tenía sólo 18 años.

El hermano logró escapar, pero le tomaron la chapa y lo capturaron en Bayamo. Sentenciado a prisión, fue torturado, casi pierde la vista y terminó sirviendo 5 años.

Juan fue torturado durante los tres meses que estuvo cautivo antes que lo mataran. Cuando la familia lo visitó, estaba en terribles condiciones. Luego, lo asesinaron de un tiro en la frente cuando se rehusó a que le sacaran la sangre antes de llevarlo a fusilar. Cuba acostumbraba extraer la sangre a los condenados a muerte antes de fusilarlos y la vendía a otros países por moneda dura. Luego, eran llevados al paredón prácticamente desvanecidos.

Dejó una esposa y cuatro hijos.

Fuentes: Testimonio escrito y telefónico de la cuñada, Mirtha Pérez, 2005 y 2006. Testimonio a la familia del médico que estaba presente al sacarle la sangre. La familia revisó la osamenta años más tarde.

Fuentes sobre extracción de sangre a condenados a fusilamiento: Comisión Interamericana Derechos Humanos, OEA/Ser. L/V/II.17, Doc. 4, 7 de abril de 1967. Informe sobre la situación de los Derechos Humanos en Cuba. http://www.cidh.org/countryrep/Cuba67sp/indice.htm. Juan Clark, Cuba: Mito y Realidad, 2da edición. Miami-Caracas: Saeta Ediciones, 1992. Numerosos testimonios directos de testigos presenciales, mayormente presos políticos, y familiares de los fusilados.

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Evelio Otero Montano, 23 años.Fusilado el 10 de febrero del 1959 en Pinar del Río.

Era de Pinar del Río, de una familia de militares -tanto su abuelo como su padre habían sido militares. Se había graduado de Teniente del Ejército hacía apenas tres meses cuando triunfó la Revolución. En el clima de persecución masiva a militares y civiles asociados con el gobierno de Batista, lo implicaron falsamente en la muerte de dos activistas del 26 de julio. Su hijo recuerda que todos sabían que era inocente. Aún así, reafirmó su valor dirigiendo el pelotón de fusilamiento.

Dejó a la esposa embarazada de siete meses y a su hijo por nacer. La familia fue víctima de múltiples vejaciones por parte de la dictadura y tuvo que salir al exilio.

Fuentes: Testimonio del hijo, Evelio Otero, residente de la Florida. Fotos Diario de la Marina, 22 de enero del 1959, La Habana. Leovigildo Ruiz, 1965, p. 242. Beruvides, 1993, p. 153. Cuban American National Foundation, Quilt of Fidel Castro’s Genocide, 1994. United States Information Agency, 1993, Year 1959. WAQI-Radio Mambi, p. 14. Circuito Sur, July 2002, p. 62.

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Raúl Clausell Gato, 33 años
Sargento de la Policía Nacional.
Fusilado el 15 de marzo del 1959.
La Fortaleza de la Cabaña, La Habana.

Varios miembros de la familia Clausell, incluso de la generación anterior, eran policías de carrera. Dos primos de Raúl, Ángel María Clausell y Demetrio, también fueron fusilados.

Escribe la hermana de Raúl: “Según mi hermana y mi cuñada, que estuvieron en el juicio y en la apelación (que fue la noche anterior), tenían en un cuarto separado a personas a quienes por supuesto habían comprado, diciéndoles lo que tenían que decir. Cuando les preguntaron quién era Clausell, señalaron a otra persona. Como quiera lo fusilaron.”

Continúa, “A nosotros todos nos afectó mucho, sobre todo a mis padres, a quienes les destrozaron la vida para siempre. Yo siempre digo que mis lágrimas no importan, yo era joven y podía superarlo mejor. Pero las lágrimas de mis padres no las podré perdonar jamás. Podría decir muchas cosas que pasamos, pero no tendría fin.”

Fuentes: Testimonio de la hermana, Miriam Clausell, quien hoy reside en Texas.

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Testimonio de una hija: “Mi padre vivió para sus creencias y murió por ellas”.
Por Maria C. Werlau

Armando Cañizares Gamboa, 28 años. Oriundo de Camagüey, Cuba. Desaparecido en combate, miembro de la Brigada 2506. Presuntamente muerto el 21 de abril de 1961 en Playa Girón, Cuba.

Mi padre, Armando Cañizares, había combatido en la Sierra Maestra a las órdenes del Che Guevara. Él y sus dos hermanos, Francisco y Julio, se unieron al Ejército Rebelde para ayudar a liberar a Cuba de la dictadura de Fulgencio Batista. Aunque sólo tenían poco más de 20 años de edad, su compromiso de restaurar la democracia y el Estado de derecho era muy profundo. Mi padre era especialmente anticomunista y así se lo dijo a Guevara en el curso de una conversación que sostuvieron en las montañas. Posteriormente, en sus memorias de la lucha contra Batista, el Che escribió que los hermanos Cañizares habían regresado “a luchar como traidores en la invasión” [1].

Los tres hermanos dejaron las montañas con un numeroso grupo de rebeldes que abandonaron la guerrilla en protesta por la manera en que se había tratado el asesinato a sangre fría de un joven miembro del Ejército Rebelde. Un oficial protegido del Che, Lalo Sardiñas, mató al joven recluta, de origen humilde, porque éste había desobedecido la orden a toda la tropa de tener siempre las botas puestas, incluso para dormir. Fidel y el Che habían intervenido para saltarse el reglamento del Ejército Rebelde y el crimen había quedado impune. Tras pasar varios meses escondidos en las montañas, mi padre, sus hermanos y un amigo lograron abandonar la isla y marchar al exilio, en Estados Unidos.

En La Habana, mi padre había conocido a mi madre. Ella militaba en el “26 de julio” y colaboraba en la lucha contra la dictadura de Batista en el marco del movimiento opositor clandestino de resistencia urbana. Mis padres se casaron en Miami el 17 de noviembre de 1958.

En la madrugada del 1 de enero de 1959, Batista huyó del país y las fuerzas revolucionarias tomaron el poder. Mis padres regresaron a Cuba en uno de los primeros aviones que llegó a la isla, junto con los dirigentes del movimiento 26 de julio que estaban en el exilio. Mi madre, embarazada de varias semanas, me llevaba en su vientre. Mi padre asumió un alto cargo en el Instituto Cubano de Estabilización del Azúcar (ICEA), un organismo gubernamental de gran importancia económica. Pero mis padres pronto concibieron una gran preocupación por el giro de los acontecimientos y se sintieron especialmente horrorizados por los juicios sumarios y los fusilamientos que puso en marcha el nuevo gobierno de Fidel Castro.

Al darse cuenta de que Castro no tenía intención alguna de restaurar la democracia, mi padre se incorporó a la oposición anticastrista clandestina, en cuyas filas pronto militaron numerosos ex combatientes de la lucha contra Batista. Poco tiempo después, un antiguo compañero de armas de la Sierra Maestra le informó a mi padre de que estaban preparando una causa para arrestarlo. En esa época, el gobierno fusilaba rápidamente a los conspiradores que detenía. De modo que en mayo de 1960 salimos del país precipitadamente y llegamos a Miami. Yo era apenas un bebé de ocho meses y mi madre tenía seis meses de embarazo, del que nacería mi hermano.

En el otoño de ese mismo año, Estados Unidos organizó y comenzó a entrenar secretamente a un grupo de exiliados cubanos con el propósito de invadir a Cuba y derrocar a Castro. Mi madre le rogó a mi padre que no se incorporara a esa fuerza. La familia tenía ahora dos bebés, acababa de llegar al exilio y disponía de muy pocos recursos. Pero mi padre insistió en que, habiendo ayudado a Castro a alcanzar el poder, tenía la obligación moral –hacia sus hijos y hacia Cuba- de contribuir a derrocarlo.

Mis tíos Julio y Francisco, y el marido de mi tía, José, también se incorporaron a la Brigada 2506. Cuatro esposas y siete niños pequeños quedaron en Estados Unidos, rezando y esperando. Mi padre partió hacia los campamentos de Guatemala el 18 de enero de 1961. Nunca volvimos a verlo. Por suerte, mis tíos sí regresaron.

La invasión se inició el 17 de abril de 1961. En Playa Girón, mi padre y su hermano Julio formaban parte de un reducido grupo que luchó intensamente y durante cuatro días evitaron que los capturaran. Consternados por la falta del apoyo aéreo prometido, largamente superados en número, los invasores fueron machacados por los aviones de la fuerza aérea gubernamental que, supuestamente, debían de haber sido suprimidos. Convencidos de que la invasión había fracasado, los supervivientes trataron de romper el cerco de las fuerzas castristas y marchar a las montañas del Escambray, para unirse a las guerrillas que operaban allí. Fatigados y hambrientos, se quedaron dormidos. Un grupo de milicianos los descubrió, empezó a dispararles y se produjo un tiroteo. Mi padre y su amigo, Manuel Rionda, estaban malheridos por los disparos y las esquirlas de una granada. Los milicianos que los capturaron se negaron a prestarles atención médica y obligaron al resto del grupo a separarse de ellos. Nunca volvió a saberse nada de Manuel ni de mi padre.

Desde el inicio de la invasión, el gobierno emprendió una redada masiva de civiles. Mis abuelos, que vivían en Camagüey, fueron arrestados junto con miles de otros cubanos sospechosos de albergar sentimientos contrarrevolucionarios. Cuando por fin fueron puestos en libertad, mi abuela se enteró de que probablemente mi padre había muerto y de que mi tío estaba en prisión, y, destrozada por el dolor, sufrió infarto cardiaco. Por suerte, logró sobrevivir. La muerte de mi padre –real o supuesta- había ocurrido el día del cumpleaños de mi abuela.

Nuestros parientes que vivían en Cuba buscaron desesperadamente a Manuel y a mi padre. El gobierno cubano se negó a dar información alguna o a confirmar el fallecimiento de ambos hombres, pese a las reiteradas súplicas de sus familiares, e hizo caso omiso de las peticiones que se formularon por conducto de la Cruz Roja Internacional. A la madre de Manuel le estafaron una considerable suma de dinero, que era difícil de obtener en Cuba en esos días. La promesa de devolverle los cadáveres para que pudiera darles sepultura fue sólo una treta montada por un miliciano a fin de extorsionar a la afligida madre.

Mientras mi tío Julio estuvo en la cárcel con el resto de los brigadistas presos, los sufrimientos se acumularon para las familias de los prisioneros. Las visitas de los parientes que aún vivían en la isla fueron otras tantas ocasiones para que el gobierno de Castro los humillara y atropellara. Mi abuela nos contaría después que a las mujeres las desnudaban, las cacheaban de manera irrespetuosa y se burlaban de ellas. Entre las experiencias deplorables que presenció recordaba cómo una guardiana del penal tiraba por el aire la prótesis de seno de una señora mayor que había ido a visitar a su hijo.

Mientras tanto, en Miami, nuestras vidas continuaban en medio de una gran conmoción. Mi madre y mis abuelos, que apenas disponían de ingresos, tenían a su cargo a dos bebés y varios adolescentes traumatizados. Varios primos habían venido de Cuba sin sus padres, para escapar del comunismo, en el marco de un programa auspiciado por la Iglesia Católica y conocido como “Pedro Pan”. Muchas de las mejores amigas de mi madre atravesaban una situación similar, con los maridos en prisión, heridos o fallecidos, y niños pequeños. Muchos de esos hombres ni siquiera murieron en combate. Simplemente, los soldados del régimen les dieron caza cuando la munición se les había agotado o fueron asesinados en el momento mismo de la captura. Nueve miembros de la Brigada 2506 murieron asfixiados cuando sus verdugos hacinaron a un centenar de prisioneros en un camión-rastra herméticamente cerrado. Ese horno mortal sobre ruedas tardó ocho horas en llegar a La Habana, mientras los hombres gritaban desesperadamente pidiendo clemencia.

Algunas semanas después de la invasión, mi madre fue a la consulta de un médico en Miami, buscando tratamiento para migraña, causada por el estrés. Allí vio un ejemplar de la revista Life que contenía un reportaje sobre la invasión. En su interior, encontró una foto en la que reconoció a mi padre, al parecer muerto. Cuando años después mi tío recuperó la libertad, le confirmó que una bala le había arrancado a mi padre la placa de identificación y que él la había atado a sus pantalones, tal como apareció en la fotografía. Yo me enteré de la existencia de la foto cuando cumplí 17 años. Mi madre se negó a enseñármela. Ni siquiera la guardaba en casa. Fui a la biblioteca de la universidad y la encontré, pero no se lo dije.

Años después, en 1981, recibí información de un hombre que vivía en Las Vegas y que insistía en que mi padre y su primo estaban vivos en una cárcel de Cuba. Me habló de los ojos color verde de mi padre, sabía que era oriundo de Camagüey y se refería a sus dos hermanos por sus nombres de pila. Esta noticia me produjo una gran conmoción y rápidamente traté de confirmarla. Como no quería que mi madre tuviera que pasar por nuevos trastornos emocionales, les pedí ayuda a mis tíos. Tras indagar sobre el asunto, se enteraron de que ese hombre era probablemente un espía de Castro residente en Estados Unidos. Supusimos que su objetivo era aprovecharse de cualquiera, probablemente en cumplimiento de órdenes superiores. El cruel engaño no pudo llegar en peor momento; pocos meses antes, mi familia había sufrido una pérdida atroz: mi querido y único hermano, Armando Cañizares III, había muerto en un accidente de tráfico causado por un conductor ebrio. Mi madre no supo de este incidente hasta muchos años después.

Mi hermano sólo tenía 19 años cuando murió. Mi pena fue muy profunda en múltiples dimensiones, pero uno de los aspectos que más me afectó fue saber que él había sufrido más que yo por la carencia de un padre –y yo la había padecido mucho-. La pérdida de mi padre también marcó para siempre a mis abuelos y al resto de sus hermanos. En cuanto a mi madre, apenas alcanzo a hablar de cuánto le afectó, pues me resulta demasiado doloroso. Pero parientes menos cercanos y amigos también se apenaron mucho. En muchas ocasiones he visto cómo una pérdida así repercute en la vida de mucha gente; es como una piedra que cae en un lago y genera ondas concéntricas que van causando dolor a numerosas personas en distintos grados de intensidad, según su cercanía a la persona desaparecida. Esto se refleja en la labor que realizo en Archivo Cuba. Si bien la persona fallecida o desaparecida paga sin duda el precio más elevado, también hay muchas otras víctimas en diferentes niveles de sufrimiento.

Mis abuelos paternos lograron salir de Cuba y llegaron a Estados Unidos en 1965. La suerte de la isla estaba echada: un sistema basado en el odio y dirigido con un puño de hierro que parecía ya irreversible. Mis abuelos habían padecido la pérdida de un hijo, la separación de todos sus hijos y nietos, la derrota de los mejores empeños de liberar a Cuba en Girón y mediante la insurrección del Escambray. Habían perdido sus tierras, confiscadas por el Estado comunista, como casi toda la propiedad privada del país. Al no disponer de otro lugar donde vivir, tuvieron que permanecer en la casa de su antigua finca, afrontando humillaciones diarias y contemplando cómo los ineptos funcionarios del Estado destruían el trabajo de toda una vida.

Recuerdo nítidamente la llegada de mis abuelos al aeropuerto de Miami. Yo tenía entonces seis años de edad. Era un gran día, mi hermano, mis primos y yo estábamos muy emocionados, porque no los conocíamos. ¡Hasta dejamos de ir a clase ese día! Mi abuela tenía la reputación de ser una persona de carácter muy fuerte y la idea de estar en su presencia me infundía temor. Pero, desde el primer momento en que nos vimos, el vínculo emocional fue inmediato. Luego, a menudo me diría que mirarme era como estar viendo a mi padre. Mi abuela era una persona muy fuerte, pero cada vez que se mencionaba el nombre de mi padre, sus ojos se llenaban de lágrimas.

Sé que mi tío Julio, que desembarcó con mi padre en Girón, nunca superó el trauma de su muerte y del fracaso de los esfuerzos que ambos realizaron en pro de la libertad de Cuba… y ni siquiera lo ha superado hoy, después de tantos años. Los dos hermanos se adoraban y siempre estaban juntos. Uno de mis recuerdos más antiguos es el de mi tío sentado en el umbral de su casa de Miami, con una camisa a cuadros de mangas cortas, supongo que fue estaría recién salido de las prisiones cubanas. Nos miraba a su hija pequeña, a mi hermano y a mí mientras jugamos. Yo tendría entonces unos tres años de edad, pero fui capaz de comprender que él estaba muy, pero que muy triste. Mi otro tío, Francisco, murió en 2005. Tras el fracaso de la invasión, se había jugado la vida en reiteradas ocasiones como miembro de los equipos de infiltración organizados y financiados por el gobierno del presidente Kennedy para prestar apoyo a la resistencia dentro de la isla. Mi madre guardaba como un tesoro un hermoso caracol que le había traído de una de aquellas expediciones, recuerdo de su añorada Cuba.

Mis cuatro abuelos fallecieron hace ya algún tiempo, sin volver a ver de nuevo su patria. Mi abuela materna, que murió en 1998, tenía la personalidad más optimista que uno pueda imaginar. Padeció en privado muchas penas, nunca se quejó de nada y fue una mujer alegre y divertida hasta el último día de sus 91 años. Sin embargo, sus últimas palabras antes de morir fueron de añoranza por la ciudad de Santiago de Cuba, donde había nacido, que no había vuelto a ver en los últimos 37 años: “Ah, las calles de Santiago…” En la mano sostenía apretadamente una estatua de plata en miniatura de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, una de las pocas cosas que había logrado sacar de la isla cuando marchó al exilio.

Mi tío, el único hermano de mi madre que fue como un padre para mí, tampoco volvió nunca a Cuba y por desgracia murió de cáncer, todavía joven, en 1999. Siempre hablábamos de Cuba. Era ingeniero, tenía un carácter muy noble y un gran amor por su patria. Entre sus muchos proyectos concibió un plan para reconstruir la infraestructura de la isla.

Mi madre nunca volvió a casarse. El amor mutuo que ella y mi padre se habían profesado fue muy intenso. Mi madre sentía un compromiso apasionado con la libertad de Cuba y trabajó incansablemente en asuntos relativos a los derechos humanos, como directora del grupo Madres Contra la Represión (MAR, por sus siglas en inglés) y el Free Society Project, para el cual ayudó a crear el proyecto Archivo Cuba. Mi madre murió de cáncer en julio de 2008. Fue una pérdida devastadora para mí, pero dejó un profundo amor que siempre está conmigo. Y su amor por la patria y la libertad, su empeño de promover la armonía y la justicia en el mundo, su honda fe religiosa y su estoicismo ante las dificultades y los sufrimientos son mi fuente de constante inspiración. Sin embargo, siempre me apena pensar en la frustración y la profunda tristeza que padeció durante casi toda su vida por la prolongación del totalitarismo en Cuba y el largo sufrimiento de su pueblo.

Todas estas magníficas personas, a las que tanto he querido, se marcharon de este mundo con la pesadumbre de no haber visto la libertad restaurada en su patria y no haber podido volver a verla. Su historia resume la de tantos cubanos que han padecido esta honda aflicción. Aun así, como solía decir mi madre, en más de un sentido nuestra familia tuvo la suerte de poder escapar de la isla y vivimos en libertad, mientras que los que han quedado allí deben pasarlo mucho peor. El peso de todo este dolor compartido se hace mayor porque esta larga pesadilla todavía no ha concluido.

Creo que algún día Cuba será libre y el pueblo cubano logrará por fin forjar su destino en paz, con esperanza en el futuro. Mientras eso no ocurra, el sueño sigue vivo. Es nuestro deber hacerlo realidad.

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[1] Ernesto Che Guevara, Pasajes de la guerra revolucionaria (Serie Popular Era), México: Ediciones Era, 1969, p. 147.

–Originalmente publicado abril de 2006, en New Jersey, actualizado 17 de abril 2017.

Maria Werlau es Directora Ejecutiva y co-fundadora de Archivo Cuba.

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